martes, 23 de marzo de 2021

Bajada de línea

 BAJADA DE LÍNEA


-'Tu maestra es una pelotuda, mirá la tarea de mierda que les manda, para eso pago la cuota, diomio, yo voy a denunciarla a esa forra, se la pasa bajando línea, le dice el señor al nene, mientras le tira por arriba de los asientos, los auriculares..


Al costado del semáforo, hay un niño mendigo, con mirada de adulto, y manos de lija, contando monedas. 

Más allá del semáforo, hay un bache.

-'Pero cómo es posible', dice el señor, mientras golpea el volante. Arroja con furia la colilla del cigarrillo por la ventana, chasquea los labios, tuitea indignado 'es una barbaridad'.

Masculla furia entre sus dientes, el señor, mientras el nene saca la mirada un instante de la pantalla y ve, a través del vidrio, al niño de trapo.  Por un momento, cree el Señor se confundió y pudo, por fin, ver: a él, al niño mendigo, al trapito cansado, al perro lastimado, a la piba asustada, al obrero desocupado, a la maestra agobiada, al comerciante endeudado, a la madre afligida, al ciruja quebrado, al viudo vencido, a la enfermera apurada.

Pero no, el señor mira el bache. Se indigna con el bache, se enfurece con el bache: para el señor el problema es el bache.

Y cuando el niño intenta avisarle, que afuera del coche el cielo se oscurece,  el mundo se astilla y se derrumba, del otro lado del vidrio polarizado, el señor lo calla, le grita que no lo desconcentre, que está manejando, que quiere acelerar para llegar a casa lo más rápido posible a su casa, a gritarle a su mucama que a dónde está el pedido, que este país está perdido, porque no hay voluntad de trabajo, que hay que rajar cuanto antes, de esta puta ciudad , antes de que se termine de llenar de negros y de baches, y a ver si lo ayudás al nene, que no sé qué mierda le mandaron a escribir sobre los valores y la empatía.





Mirá Isabel

 MIRÁ ISABEL



Claro, para vos es fácil decirlo, porque no estás en mi lugar.

Desde afuera somos todas heroínas, todas progres, todas sororas.

Pero ¿y a la que le pasa? ¿La que tiene que poner su cara, su nombre, su vida?¿Quién quiere ser la de la cara fruncida? ¿Quién quiere enamorarse de la traumada? ¿Quién quiere salir a tomar algo con la doliente, quién quiere vacacionar con la desmembrada? ¿Quién quiere ir por la calle viendo cómo susurran “mirá, ahí está, pobre”?

¿Vos qué sabés Isabel, eh? ¿Qué sabés? No me hables de esas cosas.

Mirá Isabel, vos habrás leído muchos libros, habrás ido a muchas marchas, pero no sabés nada.

¿Sabías que los lobos parecen perros mansos cuando salen a la calle, pero en su cueva, haya luna llena, o sol, se transforman en bestias?

Para vos es fácil, Isabel. Hablar siempre es tan fácil. Vos no sabés lo que es la vergüenza, no sabés lo que es huir desesperadamente siempre, escapar. Del amor, de lo estable, del placer, por las dudas, por lo cierto.

¿Qué sabés vos del terror, más que las películas que viste cómodamente acostada en tu lecho de rosas?

¿De qué denuncia me hablás, Isabel? ¿Estás loca? 

Ah, ¿sí? A ver, ¿cuántas veces fuiste a solicitar una perimetral, eh, Niña Bien? No, no voy a hablar.

Ya te dije que la puerta no te la voy a abrir, no me insistas, que es peor.

 ¿Vos sabés lo que es llegar a tu casa y que esté el patrullero en la puerta? ¿Porque el tóxico de turno se quiso suicidar cuando le dijiste, simplemente, que no es no? ¿Vos viviste la cara de los vecinos, el escándalo de las miradas por las persianas?

¿Tenés idea de lo que es el silencio cómplice de tu familia? Entonces haceme el favor y cerrá la boca, Isabel.

Pero no, Isabel, no se puede. Es intocable, ya está. No se puede hacer nada. Me tendré que acostumbrar, o me tendré que mudar a otro barrio, o, simplemente, fugarte.

Qué tranquilidad sería por fin irme. Para siempre.

¿Sentiste alguna vez que tu cuerpo es tu propio cautiverio? ¿Pero por qué no me hacés un favor y te callás, Isabel?

Callate si querés ayudarme. No me vengas con eso de “empoderarse”, que me ponés más nerviosa.

Cuando crecés en el infierno, pasan los años y se transforma en tu paisaje cotidiano. Y luego se confunde con tu propia piel. 

Y cuando al madurar te das cuenta de que quien tenía que protegerte calló, miró para otro lado...

¿Sabés qué te queda? Huir, olvidar. Evadirte. Resignarte.

No, no voy a llorar, no voy a hablar, no voy a denunciar. ¿Vos sabés lo que es estar muerta en vida, Isabel?

¿Pero qué decís? ¿No ves que es él o yo? Ma qué jueza, ni escrache, ni que ocho cuartos.

El tipo me arruinó la vida y anda como un señor, yendo a retiros espirituales y hablando en el café con sus amigos de cómo se han perdido los buenos valores, como si nada. El otro día me pareció verlo en la puerta del jardín del nene y casi me infarto. El miedo es una cárcel que aparece cada vez que recordás. Le tenía tanto miedo al monstruo que no me di cuenta que el monstruo era también el miedo

No te voy a abrir la puerta, andá Isabel, dejame tranquila. No pierdas más el tiempo. Ya está. Yo te agradezco pero ya es tarde. Tendrías que haber tocado mi puerta cuando tenía once y todavía me podías salvar.

Mirá Isabel, me cansé de correr la suerte, de correr la coneja y de ser siempre la última. Ahora me voy a quedar quieta, a ver si de una vez por todas la suerte me encuentra a mí.

Estoy podrida Isabel, no doy más. No tengo descanso, no tengo consuelo.

No, quedate tranquila, no estoy llorando, no pasa nada.  Sí, ya sé que vos golpeaste a mi puerta, que tu intención es buena, pero no me digas que entendés, porque no entendés. Para entender, vos tendrías que nacer de nuevo y habitar mi piel.

Andá de una vez, haceme el favor.

Isabel... ¿estás ahí? ¿Isabel? ¿Ya te fuiste? Isabel...

Ah, menos mal. Vení, pasá Isabel. Vení, dame un abrazo. Sentate. ¿Querés un mate? Perdoná. Bueno, está bien. Contame. ¿Cómo es eso de la denuncia?



Digamos todo

 DIGAMOS TODO


Anda a las corridas, no tiene tiempo ni para un abrazo, hace cuentas con los codos y juicios con la mirada. Esquiva todo lo que le traba el paso, pisa a fondo el acelerador para subirse la libido, sale a correr para escaparse de su pasado.


Pero eso sí: el Señor tiene aire acondicionado. 


Huye del dolor, pretende organizar la ansiedad y cada vez que alguien le roza los puntos ciegos de su pasado, se transforma en una bestia impía y furiosa. Se compró en cómodas cuotas el modelo Stacy Malibú de éxito posmoderno que hace agua por todos lados.


Pero, eso sí: el Señor tiene descuento si paga al contado. 


Huérfano de fe, se mofa de las supersticiones de la plebe; se relame en su discurso, se masturba en su razón, y con el ego inflado sale a despreciar todo lo que le pasa por al lado. 


Pero eso sí: el Señor tiene los vidrios bien polarizados. 


Cuando conversa repite su monólogo interno cien veces ensayado, oye pero no escucha, sus palabras son uñas que rascan donde no pica, habla mucho y habla lindo, pero no dice nada. Está dispuesto a vender a la hermana antes de asumir todo lo que el cuerpo le está gritando.


Pero eso sí: en las fiestas, el Señor tiene la camisa planchada y el mantel almidonado.


Se va a su isla privada de retiro espiritual, prende incienso para ahuyentar las malas vibras, anda descalzo para conectar con la tierra y hace yoga tres veces por semana. Y cuando el gurú le pregunta qué cree que nos habrán amputado, para necesitar todo el tiempo estar consumiendo todo (cosas, personas, agrados), el Señor para afuera le dice 'namasté’ pero para adentro piensa 'qué pescado este pelado' 


Pero eso sí: tiene la lancha impecable y perfumado hasta el tapizado.


Acude al otro solo para dominarlo, le erige altares al control y se erotiza con el temor de sus empleados. Se relame en la dependencia y la incertidumbre de los contratos precarizados.  Cada vez que las preguntas sobre la justicia lo acorralan, huye, asustado.


Pero eso sí, tiene toda la vidriera digital repleta de éxito plastificado. 


Cuando el cuerpo entra el colapso y lo doblega, ve cómo, a través de la hendija del yo, el tumor del odio y la soberbia, va haciendo metástasis en su ser debilitado. Observa, inerte, cómo al final, resultó ser él, su principal víctima, al cosechar toda la miseria que ha sembrado, y siente en la nuca, la respiración de su propio final anunciado.


Eso sí: ya tiene paga la sepultura en el mejor cementerio privado.


En mis chancletas

 EN MIS CHANCLETAS





Tranquila, que acá nadie le va a hacer nada.

Ahí, al lado del anafe hay un balde. Cuando quiera tomar mate o tomar agua traiga de la canilla de afuera. 

¿Escuchó? No vaya a tomar la de acá adentro que va a estar descompuesta veinte días seguidos.

Cuando tenga que ir al baño, y tirar la cadena, tenga cuidado que no corta, tiene que meter la mano y bajar usted la palanquita. Hace rato que pierde agua la mochila del inodoro, rompió las uniones de la tapa, anda floja no vaya a ser que le pellizque la colita.

¡Pero vamos, mujer! Una sonrisita, era un chiste, para romper el hielo. La verdad es que en bastante insulsa de veras, en vivo. En la tele parecía más linda.

Bueno, le decía del inodoro: pierde, ahí va a ver que dejamos un tachito, no se preocupe, ese no hace falta que lo vacíe, porque de ahí toman los gatos.

La van a despertar las gallinas, sí, qué va a ser. Le tiene que dar, ¿vio la bolsa esa de arpillera? Ahí está la mezcla de semillas.

Poquito que si no se enferman. Cerca del atardecer puede pasar a juntar los huevos. Con cariño que, si no, la Manchi la va a venir a picotear.

Guarda con la puerta de atrás, tiene rotas las bisagras, está así, presentada nomás. No la vaya a abrir que se sale y chau se le metieron todos los perros adentro. Ellos comen del arroz ese partido, el que está al lado de las semillas, también, una vez por día.

Si hace frío prenda el carbonero, pero no se vaya a quedar dormida que después la tenemos que pagar por buena. Y si no póngase la bolsa de agua caliente. Eso sí, no vaya a enchufar nada eléctrico que se salta la térmica.

¡Pero! ¡Esa cara! Si ya le dije que no le va a pasar nada. Me da risa que esté tan apichonada. ¡Ni que yo fuera la mismísima petisa orejuda, che!

Hambre no va a pasar, quédese tranquila que tiene polenta, fideos y porotos como para diez días.

Si tiene que bañarse el termo es eléctrico, gas natural, acá, bien gracias. Escuche, deje de lloriquear, preste atención que es por su bien. Primero lo calienta y, una vez que lo calentó, desenchufa, no vaya a ser que se me quede pegada.

Ya le dije que se quede tranquila. Es una semanita nomás, doña. 

Haga de cuenta que es como uno de esos retiros a los que se va siempre.

Es para que usted, de una vez, entienda. Piense que, en el fondo, es amor esto. ¡Yo le estoy brindando mi propia casa!

Para que, de veras, pueda estar en mis zapatos. Mejor dicho, en mis chancletas.

Usted va a vivir una semanita acá como yo vivo.

Y yo, me voy de mi prima.

Eso sí, no vaya a intentar escaparse porque ya sabe, es un barrio picante este. Además me imagino que habrá escuchado las noticias, en este barrio hay cada cosa suelta.

Tranquilita, mamita. Mientras se quede acá, no le va a pasar nada. Una semanita nomás.

Después yo vuelvo, nos hacemos unos mates, y entonces ahí vemos si tiene ganas de hablarme de esfuerzo y ajuste, ¿eh? A ver cómo le sienta a usted el sacrificio.

A ver si podemos hablar, de una vez por todas, de igual a igual, usted y yo.

¿Le parece, señora gobernadora?








En continente

 EN CONTINENTE



 .



Cada día avanzaba como una mecha encendida. La certeza de que la única manera que le podía encontrar de ponerle fin al dolor y declararle la paz a la guerra que me habitaba, era el disparo de una bala. Como la que tenía en la sien, el día que ella vino a mi puerta y golpeó las manos.

 

Empiezan estos primeros fríos y ya siento los pies congelados. Ellos no saben que no hay peligro de gangrena. Ellos no saben que estamos en continente. Pero ellos y yo tenemos el mismo temblor que teníamos esos días.

Cuando me dieron el primer fusil me di cuenta de que de eso no se vuelve. Y empezó la supervivencia. Cada día más era un día menos. Había que pasar a la siguiente hora, y a la siguiente y, sobre todo, la noche. Cada noche era eterna. El frío, la soledad, el miedo. Tan temprano, a mis dieciocho, descubrí que lo peor no es que te llegue la muerte, lo peor es que te esté rondando y te respire en el cuello. Para pasar el hambre, dejás de pensar en el hambre. Entonces te duele el cuerpo y, para pasar el dolor, pensás en el frío. Y así. Lo que nos mantenía vivos era pensar que ya faltaba menos. Para irse, a donde sea. Pero cada día más era un día menos.

—    Ya vamos a volver, falta menos para estar en continente –nos consolábamos. 

— Y decí que volvemos con las dos piernas, che, no seas desagradecido. Y con upite inmaculado –bromeaba González.

— ¿Cómo podés reírte de estas cosas? — Le pregunté.

—    Esta capacidad de reírme de la desgracia, me la gané sufriendo como un condenado, y no voy a dejar que nada ni nadie me la venga a sacar.

Con él éramos como carne y uña. Había algo en él, que me hacía sentir a salvo. Jugábamos al truco, al desconfío, a los penales. Charlábamos horas. Pasábamos de un chiste a un recuerdo doloroso, un refrán o pedazo de canción. Podíamos pasar de un clima a otro sin corte ni esfuerzo: fluía. Creo que para la primera semana en las islas ya nos habíamos contado toda nuestra vida. La verdad es que nunca volví a sentirme tan cercano a alguien.

Una noche estábamos en el campo de batalla y nos quedamos dormidos, abrazados. Me despertaron los estruendos y lo miré. Ya no estaba. Encontré los pedazos. Me quedé inmóvil y no podía reaccionar. El sargento me gritaba y yo lo escuchaba a lo lejos, como si estuviera en otro lado. Cuando terminó el bombardeo, me castigó y estuve estaqueado dos días.

No quería ni comer, no sentía el hambre, estaba ido. Esos dos días entre el hambre y el dolor me enfermé y empecé a toser con sangre.

—    A ver si lo llevan a la enfermería, que se enfermó la mariquita –dijo el sargento cuando me vio.

Mientras me recuperaba en la camilla, los oficiales verdugueaban cargándome: el puto este está triste porque lo dejó el noviecito. Mirá que el otro correntino ese con el que andabas, tampoco va a poder contar el cuento.

— ¡¿Qué?!

—    Que tu otro amiguito también la quedó. Y bueno viejo, es así. Los débiles no sobreviven. Acá es a matar o morir. Sobreviven los machos solamente.

Y así fue que me di cuenta que el Celso tampoco había zafado.

En vez de llorar, me quedé inmóvil en la camilla. Y por dentro, me rendí. Sentí “ya está, hasta acá llegué”. De vez en cuando los miraba a los demás y ya se sentía ese clima de derrota.

Una noche me desperté sobresaltado pensando que era una pesadilla, pero eran los gritos de todos en la enfermería tratando de refugiarse porque se escuchaban pasar los aviones. Cuando pasó la alarma ya no pude volver a dormir.

Al otro día fue la rendición, y volví a continente.

Cuando llegué a Buenos Aires no sólo había perdido a mis dos amigos, no sólo había perdido mi inocencia, no sólo había perdido una guerra: me había perdido a mí. Ese que volvió ya no era yo.

Creía que se había terminado la pesadilla, que se terminaba ese sueño largo y horrible y era sólo cuestión de volver a dormir para soñar de nuevo. Pero no. La guerra es invisible. Es un monstruo que se muda a tu cuerpo y nunca te deja. Y cuando menos lo esperás, se te aparece, te sacude, te lleva al mismísimo centro del infierno y después se va. Y te quedás solo, con el miedo de que si se lo contás a alguien van a pensar que estás loco, que sos el loco... el loco de la guerra. 

 

Pasaron los años, decidí callar. Construí una fachada para disimular que mi casa se estaba convirtiendo en mi propio cementerio. Años enteros de volantear la tristeza, de sentirme a la intemperie. No es fácil bancarse sentirse débil. No nos enseñaron a llorar ni a pedir ayuda. Cuanto más tapaba, más me hundía. Me metía toda la porquería que tuviera a mano para calmar la angustia y la ansiedad. Mi cabeza era una bomba a punto de estallar, y yo lo único que quería era poder anestesiar tanto dolor. Llega un momento que se te acaba la pólvora, decís “Ya está. Basta de coquetearme, de rondarme. Ahora esto es entre vos y yo”. Y paradójicamente, hay algo que se calma, cuando tomás la decisión.

Ese día terminé de escribir la carta, me la guardé en el bolsillo, cargué el tambor, y para garantizar que no haya vuelta atrás, prendí fuego la sábana de la pieza. Era una casilla de madera y chapa, sabía que iba a consumirse en cuestión de horas.

 

Salí al patio, me paré junto al sauce, y no sé por qué, miré al cielo y dije “yo sabía que eras solo un cuento”. En ese momento, escuché los aplausos. Era ella. Me contó que había tenido una corazonada: estaba lavando los platos, sintió un dolor fuerte en el pecho y se le venía a cada rato la imagen de mi cara. Empezó a llamarme y yo, por supuesto, tenía el teléfono apagado. Sin pensarlo mucho, le hizo caso a su impulso y se vino para la casilla.

Cuando escuché su voz, no sé qué me pasó, no lo puedo explicar. Como si algo me hubiese rozado desde el más allá. Bajé el arma, caminé hacia la tranquera y la hice pasar. Miré la casilla: el fuego se había apagado. No sé bien qué me dijo, pero me largué a llorar, y empezaron a salir las palabras a lo loco, como si hubiera abierto una canilla. Sentí que después de años de aguantar la respiración, por fin suspiraba. “En caso de emergencia, hay que romper el silencio” me dijo. Y cuánta razón tenía.

 Y así fue que empecé a venir al grupo. Al principio solamente me sentaba y escuchaba. Fui aprendiendo que no estaba loco, sino que la guerra me había generado un trauma. Podés sacar al soldado de la guerra, pero no la guerra del soldado.

Ella nos contó que eso le pasó hasta a Aquiles. Ojalá nos hubieran enseñado antes, que hasta el héroe más valiente y bravío, tiene ese talón, que lo hace humano. Ya no quiero ser héroe. Prefiero tener el coraje de permitirme ser frágil.

 Hoy, tres años después, con mucha resistencia, (porque tampoco es que se me de bien esto de hacer uso de la palabra) después de dos semanas sin dormir, puedo leer este testimonio en voz alta sin quebrarme. No voy a negar mi pasado, pero tampoco voy a dejar que me defina. Tengo una sola vida y estoy dispuesto a vivirla. Poder contar mi testimonio para ayudar a otros me dio un motivo. Ponerme al servicio de los que sufrieron lo mismo, una misión. Ahora quiero ser yo la esperanza que golpee las manos en las puertas de algún otro, que no es más que yo en otro momento, con otras circunstancias.

 


Milanesas

 MILANESAS

Para Vicky




Hoy mientras preparaba milanesas me estaba acordando de cuando me llevabas al trabajo.

Me daba tanta intriga. Cuando me despertaba ya te habías ido, y cuando volvía del colegio había que hacer silencio “porque papá madrugó mucho y necesita descansar”. ¿Que te irías, a las 3 de la mañana? Me encantaba cuando cambiabas el turno y me podías llevar con vos. 

-No es lugar para una nena, decía mamá. 

-Dejala, le decías vos, y nos íbamos.

Me gustaba en el camino ir mirando las florcitas celestes que crecían en los baldíos de la ruta 3. 

–¿Qué son, pa? ¿Qué flores son?

–Son amenabar –me decías un día. 

Y otro día, 

-Son azucenas. Son corona de la virgen.

 Y así, nos divertíamos poniéndoles nombre. Nunca supe el verdadero, es probable que sean flores de yuyo, flores anónimas. No lo sé. Y no me interesa saberlo. De todas maneras, son mis flores favoritas en el mundo.

Vos te ponías el delantal y las botas blancas, y me decías “quedate acá”. Y yo jugaba a ponerme una corona, ser novia, me casaba y tiraba el ramo. También jugaba a ponerles nombre a las vacas. Al rato volvías y nos íbamos a casa, de camino me comprabas un helado, era nuestro secreto. Mami y Dani nunca se enteraron.

 Ya en el camino de vuelta empezaban las preguntas:

–¿Y por qué se llevaron a Rigoberta con una soga? 

–Ya te dije que no le pongas nombre, que no te encariñes, la llevaron a dentro porque se tenía que bañar.

–¿Y por qué a veces se escuchan como unos gritos? 

–Es porque no les gusta bañarse

–¿Y por qué tenés el delantal manchado con sangre? 

–Porque una quiso saltar la tranquera, se lastimó y me manché con la sangre cuando la saqué.

Después llegábamos a casa y mami preparaba milanesas con puré, que era nuestra comida favorita.

A mí me encantaba acompañarte. No entendía qué era lo qué hacías pero ¿qué importaba? Con eso me comprabas helados secretos. Te regalaban un montón de churrascos y milanesas (que siguen siendo nuestra comida favorita), chorizos, ¡de todo! Y si alguien me preguntaba:

-¿De qué trabaja tu papá?

-Con vacas. 

Y ahí se terminaba el asunto. 


Hasta que un día en sexto grado la señorita nos estaba dando una clase de sociales y nos preguntaba uno por uno de qué trabajan en casa. Cuando me tocó a mí yo dije:

-En el campo, con vacas. 

Y saltó la cogotuda de Estefanía y dijo:

-Qué hambre, tu papá es matarife. 

Todos se rieron. Se dio vuelta, me miró, y me dijo con los labios:

-Pobre.

Cómo lloré ese día. Nunca lo conté, hasta ahora. Después empecé a sentir vergüenza de decir de dónde era. No quería decir de Moreno. Prefería decir soy de “zona oeste” o “camino a Luján”. Sobre todo si estaba en un boliche o hablando con alguien que recién conocía.

Ahora que crecí me doy cuenta, claro. De lo tonta que fui. Y siento vergüenza de mi vergüenza.

Y también pienso en que ahora sé qué le contestaría a Estefanía.

Siempre las respuestas perfectas llegan años después.

-¿Sabés qué? En el fondo me das pena. Pobre Estefanía, la niña rica, la niña perfecta. Pobre. Seguro no sabe lo que es cabalgar por las praderas fosforescentes del atardecer morenense, en la inmensidad de una espalda. Ni quedarse dormida con el latido del bombo pecho adentro, en la siesta del río misionero. Ni cómo es flotar con unas botas blancas gigantes, entre asteroides, estrellas y cometas, en las oscilaciones del balanceo de tus brazos y la vía láctea.


Pobre Estefanía, pienso ahora. La pobre nunca tuvo más que dinero.

Ojalá ella, algún día, tenga la suerte de conocer un héroe de verdad. Como vos. Esos que no tienen capa o antifaces. 

Los que usan borcegos, botas, delantales. 

Los que despiertan al mundo cuando está aún apagado y lo cargan en sus espaldas, porque el deber los llama. Los que son duros, los que tienen fuerza, manos de acero y piel de cuero. 

Los que ya se olvidaron hace rato lo que es el dolor, casi no lo sienten. 

Los que siempre protegen al más chico, cueste lo que cueste.

Los que, es cierto, no son perfectos ni célebres. No salen en los diarios ni en la tele.

Eso sí: nunca, pero nunca, se los vio rendirse.




Marcha

 MARCHA




Con Adrián nos conocemos hace poco, pero es como si fuésemos íntimos de toda la vida. Tanto es así, que ya nos volvimos compadres. El viernes fue su cumpleaños, y después de muchas vueltas (porque Adrián vive en esos barrios de calle de tierra donde se extravía hasta el gps) llegamos.

Su casa es como él. Sencilla y cálida, humilde y prolija.

Armamos una ronda de sillas y nos presenta a todos, a los sobrinos, a los primos, a los seis hermanos. A los otros cuatro ahijados (y sí, él es de esa gente a la que le dejaríamos lo más preciado en caso de que nos llegue la hora y nos toque irnos). 

La mesa se va llenando de papitas, empanadas, sanguchitos, un poco de lo que cada uno trajo. Hace un tiempo que los cumpleaños son a la canasta, si no, imposible. Arranca la ronda de cerveza, Coca, fernet. Ya está sonando la cumbia, después salsa. Un primo quiere sacar a bailar a la hija de quince años de Adrián, y vuelca un vaso de vino. ¡Alegría!, gritan todos, y se apura Maru (que desde que llegamos está dele trabajar en la cocina) con un repasador y los carga con que no tomaron todavía y ya están borrachos.

Entonces pienso ya está, se armó el cumple.

Pero falta todavía la invitada más importante o, por lo menos, la que yo más espero: la vieja. 

Me la paso pispeando la puerta, y por fin llega. Trae una fuente con dos docenas de empanadas fritas, le cuesta bastante caminar, Adrián la abraza, la acompaña a sentarse en el sillón, le dice “gracias viejita, vos sabés que son mis preferidas”. El sillón está justo al lado mío. Entonces de vez en cuando, para no incomodarla, giro, y la miro.

Ella tiene las manos arrugadas, y esas manos me cuentan de la fuerza con que estrujaron tantos trapos, lavaron tantos pañales. Tejieron chalecos para el frío, cosieron trenzas en el pelo,  apoyaron en la frente para tomar la fiebre,  dieron palmaditas a pulso para que los bebés se queden dormidos.

Esas manos, revolvieron la olla cuando en el barrio empezaba el hambre. Pelaron miles de papas, amasaron cientos de tortillas, pelaron cientos de huevos calientes, sirvieron miles de platos.

Ella tiene en la cara pliegues donde se va escondiendo el paso del tiempo, son las huellas que quedan en la arena de la piel donde la ola del porvenir esconde todos los secretos, todo el olvido.

Cuando me ve, me abraza y me dice “

-¿Cómo andás, qué hacés acá, si yo te vi hoy en la tele. 

Yo hago una pausa, no sé qué decir. Entonces Adrián me mira, me guiña el ojo y le hace una broma.

 -Seguro, vieja, porque esta es muy famosa. Ojalá se acuerde de los pobres cuando se vaya para arriba.

Entonces pienso si será que con algunos nos conocemos, y con otros nos reconocemos. Porque ya nos hemos conocido, pero lo hemos olvidado. Quizá todos venimos de las aguas amnióticas de la amnesia, para darle una vuelta más al paseo por la vida. 

–¿Hoy es tu cumple o el mío?, le pregunta y se ríe–, ¡qué distraída!, ya me olvidé, ¡qué tonta!


-Ella se está empezando a olvidar, pero no se lo recordamos para que no se ponga triste, me dice mi flamante compadre. Me lo dice un poco con dolor, y otro poco como pidiendo disculpas. Yo puedo ver ese dolor, que las compuertas del dique de las palabras frenaron en la garganta pero que se cuela, inefable, en la mirada. Me lo dice con la ternura de quien preserva a un hijo, con esas pequeñas mentiras piadosas que lo protegen del mundo feroz y salvaje. Esas que tanto le habrán dicho a él, de pibe, y que ahora, como la vida siempre nos da la vuelta, le toca a él decirlas.

Yo veo cómo se lo toma, cómo bromea, cómo la cuida, y lo admiro tanto. Lo admiro en su heroísmo invisible y cotidiano. 

Entonces pienso que quizá para los que nacimos o crecemos en condiciones desfavorables tomarse la vida con humor, no ceder a las inútiles garras del dramatismo, es una estrategia de supervivencia que termina convirtiéndose en una filosofía de vida. Que quizás la vieja ya está lista y se toma todo ligera, como si estuviera yendo a sus propias despedidas. Porque tener un hijo así, con todas las cualidades de un buen tipo, de un compañero, es ya poder decir he cumplido mi misión, es sentirse realizada.

Quizá ella olvida porque ya su cabeza hizo muchas concesiones, muchos esfuerzos, o quizá porque también nuestro cuerpo es como una casa donde las luces de las habitaciones se van apagando de a poco, de a una, hasta que llega, como en una obra de teatro, el apagón final.

Yo la miro y me siento débil, pequeña, hasta estúpidamente vanidosa. Soy diminuta frente a semejante pedazo de historia.

Entonces, Adrián le dice

-Contale de cuando llegaste a Buenos Aires, a esta le va a gustar.

Todos se ríen, ya la escuchamos mil veces a la historia. Me miran y se compadecen. 

-Guarda que si te agarra a contar no te larga más.

- Mirá que si le preguntás qué almorzó hoy no sabe, pero esa anécdota la repite como si fuera el preámbulo. Pero yo sí quiero escuchar, me siento como una nena frente a la pantalla, y hago un esfuerzo descomunal por abrir los ojos y los oídos, para ser una esponja que absorba todo y que no se me escape nada, ni una palabra, en medio del barullo del cumpleaños.

Y entonces me empieza a contar:

-Cuando con mi mamá vinimos a Buenos Aires, estábamos solas. O sea era madre soltera, algo que hoy en día es muy común, pero en aquella época era un escándalo. Nos fuimos a vivir a una piecita, pasamos mucha hambre, era difícil conseguir algo y la mami no quería dejarme sola, tenía que ser un trabajo donde me pudiera llevar. Un día la vecina nos contó que iba a haber un acto con desfile por el día de la bandera y que iban a estar el General y la señora. Fuimos, me subió a cocochito y me dijo ‘vos gritá’. Yo empecé a mover las manos como loca y le decía ‘¡Señora, señora, acá, por favor!’. No vas a creer pero me miró, me miró a los ojos, me sonrió y le dijo algo en el oído al General. De pronto nos señalaron, y un señor de traje nos hizo señas para que subiéramos al coche, o sea al carrito ese desde donde saludaban. Mi mamá pensó que le iba a hablar a ella, pero la señora les pidió que subiera yo. Me sentó al lado de ella y me preguntó

 -¿Qué querés vos? ¿Una muñeca, unos patines, una bicicleta

-Sí, gracias, todo eso también, señora, pero con mi mamá lo que andamos buscando es trabajo

-Ella se sonrió y dijo: 

-Te felicito, el trabajo es la sustancia de nuestra vida y el futuro será nuestro por prepotencia del trabajo. Decile a tu mami que vaya mañana al ministerio, que la voy a atender.

Vos podés creer que fuimos, tuvimos que esperar, sí, pero mientras tanto nos ofrecían masitas, ¡masitas! ¿podés creer? Yo nunca había comido masitas y me desesperaba por agarrarlas, pero la mami me miraba como diciendo despacio que no quedemos como maleducadas. Finalmente a la noche nos atendió:

-Me siento mal, señora, -le dijo la mami-. Usted en su estado y trabajando de noche. Si quiere vuelvo mañana. Pero ella le sonrió y dijo:

-Es que este lugar estuvo tantos años cerrado para el pueblo, que ahora tenemos que trabajar día y noche. Sangra tanto el corazón del que pide que hay que correr y dar, sin tanto esperar. Además, ya sabe que acá los únicos privilegiados son ellos. 

Y me tocó la cabeza. Después no me lavé la cabeza como por tres semanas. Mamá de noche rezaba y me apoyaba las manos ahí porque decía que ella era como un canal directo de Dios a los pobres, algo así como una Jesús de Argentina. Yo no entendía nada, pero mejor que no tenía que bañarme con los cacharritos. Ay, vas a pensar que soy mugrienta, no, mi vida, ya sé, son cosas de chicos. ¿Por dónde iba? Ah, sí, la cabeza. 

Cuestión que nos consiguió un trabajo en un hospital gigante, nos dio una casita hermosa, que era para los que trabajaban ahí. Vos no sabés la primera vez que me duché. No quería salir más. Desde ese día sí me bañaba todos los días. Yo iba a una guardería que quedaba ahí adentro, en el mismo hospital. Mi mamá limpiaba pero a ella y a sus compañeras la señora les dijo que nunca jamás se dejaran pisotear, porque eran trabajadoras, no esclavas de nadie. Mamá me decía que si me preguntaban de qué trabajaba ella, yo dijera sirvienta. Pero sirvienta de la patria. Porque ella tenía una misión patriótica, que era cuidar lo que era de todos.

Qué hermosa la casita, todavía sueño con ella. La primera vez que cobró el sueldo mamá lloraba, yo no entendía nada. ‘Es diez veces más de lo que cobré nunca, ¿qué vamos a hacer con tanta plata?’, me dijo. Bueno, ahí fue que conocimos Mar del Plata. ¿Qué te decía? Ah, sí, de la casita, hermosa. Pero después en los años negros tuvimos que irnos de raje y bueno, mi primo me ayudó para poner la casilla acá en el cruce.

Uy, bueno, llegó la torta, otro día te sigo contando”.

–¿Hoy es tu cumple o el mío? –le pregunta cuando ve las velitas. Lo agarra de los cachetes a su hijo, y se ríe– ¡Qué distraída! Ya me olvidé, ¡qué tonta!

Maru viene con la torta que tiene encendidas las velitas, y con ella trae la hora de cantar el feliz cumple. Todos cantamos, Adrián está por soplar, y como picardía, justo antes, empiezo a cantar la otra versión, la compañera, de “la marcha”. Miro a la vieja, y me asombro porque se sabe con exactitud toda la letra. Se para, levanta los dos dedos y se pone a cantar la marcha toda entera.

Me mira, me guiña el ojo y Adrián me dice:

- Y claro, eso sí que nunca se lo va a olvidar. 

Entonces pienso que, quizá, las fronteras del tiempo se desvanecen, ella está acá pero a su vez está allá, en aquel acto donde conoció a la señora. Ella está proyectada, pero no ausente. Ahí con los dos dedos erguidos, y mira lejos, como hacia el horizonte que traspasa los límites ordinarios de las paredes, de los nombres, de las mezquindades, de las divisiones. Me paro, la sigo, me voy con ella allí donde fue digna, y no sé si es tu cumple o el mío, si soy una, somos dos o millones, porque ya me olvidé, qué tonta, porque eso ahora ya no importa.