miércoles, 24 de marzo de 2021

Kiara

 Kiara llora


Estoy anotando en el pizarrón "Día de la memoria, por la verdad y la justicia".

 De pronto, escucho un sollozo a mis espaldas. Es Kiara.

-Es que hoy no comió -me cuenta Antonella, que se sienta al lado, mientras le pone delante, en el banco, el turrón que le alcanzó con las únicas monedas que trajo.

Entonces, de pronto, todos los compañeros empiezan a llenarle el banco de pipas, caramelos, chupetines. Hasta que desde la retaguardia, como un titán, se asoma Iván.

Iván, el repetidor. El que odia el colegio porque se quiere pasar todo el día jugando a la pelota. El que tiene corte de pelo turro, el desfachatado. Sí, por supuesto, el primer nombre que me aprendí. Se asoma entre la multitud, le ofrenda un alfajor carísimo, un Tofi doble relleno.

Entonces, Kiara llora el doble.

Llora a mamá, que les dice la mentira piadosa de que se levantó tarde y por eso no hizo tiempo a cocinar. Llora a papá, nervioso, que anda muy colorado, que le tiemblan las manos, que les contesta mal por cualquier cosa. Llora la vergüenza de tener que decir adelante de todos que, cuando tenés hambre, no podés pensar, no podés jugar, no podés soñar.

 Y llora también la emoción de descubrir que generoso no es el que te da lo que le sobra, sino lo mejor que tiene.


Leones y gacelas


-Y bueno, vos también te lo buscaste.

Dice la tía Juliana, cuando su sobrina le cuenta por WhatsApp que tuvo que dejar de ir a terapia porque el padre del nene hace dos meses que no aparece y, desde que nació, nunca le pasó plata.

-¿Y dónde estaba la madre?

Es lo primero que pregunta La Señora cuando  escucha en la radio que en Cuartel V, volviendo de la escuela, un nene de diez años murió atropellado por un colectivo.

-Por eso yo lo mando a la privada.

Comenta Martín, cuando lee en el diario que otro nene, también en el conurbano, casi muere ahogado por caerse en un pozo ciego que estaba con peligro de derrumbe, del que salió, literalmente, todo tapado de mierda.

-Igual, si se moría, no se perdía nada, uno menos, seguro era un negrito de mierda.

Dice Delfina, con los apuntes de la facultad en la cartera que compró afuera, mientras se acomoda las pestañas postizas en el espejo.

Tenés que seguir sirviendo, callate por favor, callate, se dice Rocío.

-Pero qué cara tenés hoy, mamita, mirá que sale gratis sonreír. Andá, ya podés retirarte querida, dice la patrona

Entonces Rocío, la mucama (a la que llaman “la chica que nos ayuda en casa” porque suena más progresista ), se muerde la bronca, pide permiso a la señora, y se esconde a llorar en el baño.

Ojalá el señor supiera que desde hace dos meses, cuando se fue el padre, su hijo, el Toti (también de diez  años), se tiene que ir y volver solo del colegio, y que su alma tiembla como un papel al viento todas las benditas horas, hasta que puede volver a verlo, sano y salvo, en la casa. 

Ojalá la señorita entendiera que todo el mundo está dispuesto a criticar, pero que casi nadie, por más que quiera, te puede cambiar la realidad.

Ojalá supieran que a veces mirás para el costado, y sólo tenés a tu sombra. Que los que podrían ayudarte están bajo tierra o tuvieron que migrar a otras tierras.

 Ojalá ellos habitaran en sus huesos el invierno crudo que es el desamparo. 

Ojalá vivieran alguna vez, aunque sea un solo día, como nosotros, contando las monedas, cansados, con esa bestia en la cabeza que no se va nunca, con ese ardor en el pecho, con esa presión en la nuca, con ese ahogo en la garganta.  

Ojalá se dieran cuenta de que casi nunca pudimos elegir nada, sino que fuimos sobreviviendo, a los golpes, como pudimos. Como nos salió.

Ojalá se dieran cuenta de que el ¿dónde estaba la familia? es amigo del algo habrán hecho, que es el padre del no te metás.

Ojalá pudieran tomarse el tiempo de comprender en lugar de apresurarse a juzgar.

Ojalá. 

Pero eso no sé si es posible. 

Porque los leones son leones, y las gacelas, gacelas.

Y mientras los leones corren por su presa, que puede ser esta hoy, mañana aquella y pasado cualquiera,   

las gacelas, corremos

cada minuto

cada hora

cada día

por nuestra vida.





martes, 23 de marzo de 2021

alguna orilla

 

Quisiera que puedas comprender 

que, así como vos tuviste

 quien te sostuviera 

para que te largaras a nadar solo

 y te entibiara las aguas

 para que pudieras deslizarte con confianza,

 sin peligro;

 están

 los que cayeron al agua 

sin saber nadar, sin flotador ni guardavidas.

Aquellos que pasan sus horas, 

sus días, su vida 

pataleando y tirando manotazos, 

intentando, entre respiración y respiración, 

tomar aire, para suplicarle al cielo 

conocer, algún día,

 alguna orilla.

ahora que estás creciendo

Querido Coco:

 

 

Ahora que estás creciendo

quería que sepas:

que me da igual

si te vas a enamorar

de una chica

o de un chico

 

si vas a decidir

ser escritor

basurero

o abogado

 

si vas a vivir

 arriba de casa

o en otra provincia

 

si vas a gastar

 todo tu sueldo

viajando

 o comprándote un coche

 

si cuando ya me haya ido

me recuerdes con orgullo

o con un poco de vergüenza.

 

Lo que sí

me importa

y   mucho

 lo que

 nunca

podría darme lo mismo

es que

 en un mundo

que se derrumba

         frente a la injusticia y el dolor

frente a la desigualdad y la miseria

 

seas indiferente.

 

 

 

 

 

  

Que la empatía le gane al sálvese quien pueda

 Querido hijo:

Me gustaría decirte que te quedes tranquilo, que todo va a estar bien.

Que quedándonos en casa, y poniéndonos alochol en gel, estamos protegidos.

Pero, vos ya lo sabés, quedarse en casa no alcanza.

Nunca alcanza.

Porque si todes no podemos quedarnos en casa, no sirve.

Porque además de cuidarnos, es necesario, no sólo ahora, sino siempre, que la ayuda le llegue antes a quienes más lo necesitan.

Que la empatía le gane al sálvese quien pueda.

Que apaguemos la tele y encendamos la disponibilidad.

Que los dueños de todo, dejen de cumplir sus sueños a cambio de que la realidad de tantos sea una pesadilla.

Que los que compraron en cómodas cuotas el cuento de la meritocracia y el éxito individual, puedan despegar la vista, ahora y para siempre, del microscopio de su ombligo.

Que el amarillismo deje de facturar con la peste del miedo.

Necesito decirte que de esto tenemos que aprender:

Que no pueden ganar siempre los mismos pescadores que revuelven el río, 

que no queremos otra vez que el hilo que separa la vida de la muerte se corte por el lado más vulnerable, el más indefenso, el más desprotegido.

Que te va tocar vivir en un tiempo donde la tierra nos grita, desesperada, que es ahora o nunca. 

Te toca vivir en los jirones de un era ya no da más, y éstos, son sus dolores de parto.

Que es necesario, que reaccionemos, que no esperemos a que vengan a tocarnos el timbre para darnos cuenta, que es urgente cambiar el rumbo hacia otra forma de vivir, de producir, de relacionarnos, de repartir. 

Que podamos comprender, más temprano que tarde, que la única salida es colectiva.

Por más brillante e hipnotizante que sea la pantalla, que te ofrece boletos en asientos premium, para ver la temporada completa, de la inexorable procesión, a nuestro propio funeral como especie.

Que lo peor que puede pasarle a tu libertad, es que vos decores con alegría tu propia jaula.

Hay un mundo allá afuera. Es inmenso, gigante. Fascinante, diverso, mágico y también injusto, violento, caótico.

Tratando de hacerlo un lugar más justo, seguramente vas a equivocarte. No te preocupes: eso sólo le pasa a los que lo intentan.

Por eso, ya sé que es aburrido, que ya estás podrido con que siempre te insista. Pero voy a repetirte, que es necesario quedarse en casa.

Pero no, solamente, quedarse en casa.

Porque eso, hoy y siempre, simplemente, no alcanza.

Mientras tanto

 No hace falta que me nombres por compromiso.

No necesito esa mirada que me tiene pena.

No me interesa espiar por la cerradura del progreso que nunca me alcanza.

No quiero que hables por mí, tengo boca, tengo lengua.

Para quererme así, dejá, no me quieras.

Yo siempre estuve ahí, pero vos no me viste, porque yo 

mientras tanto me quedé afuera

del otro lado de la vidriera.

Me quedé cuidando a mis hermanos, mientras vos te hacías las fotos del quince.

Estaba yendo a internar a mi vieja con HIV mientras vos te recibías 

en la facultad con el mejor promedio

en todas las materias. 

Llevé a upa a mi amigo, pendiendo de un hilo, vomitando espuma por la boca, temblando como un papel, a la guardia, esa misma madrugada, 

en la que vos tomabas el vuelo de tu viaje sin fecha de regreso,

por toda Latinoamérica.

Estuve del otro lado del muro,

cuidando los coches, 

en tu despedida de soltera.

Me desangré con perejil,

en un cuarto sin ventanas,

mientras a vos te organizaban

en el departamento que te regaló tu abuela,

el baby shower de tu beba.

Manejé el remis

que te llevó a la entrega del premio,

ése que ganaste, 

por la película que hace llorar a los ricos cuando descubren que es por ellos,

que existe la pobreza.

Todas las horas iguales

 

TODAS LAS HORAS IGUALES

 

 

 

 

Un cuarto, dos camas, tres noches que llegamos.

Cuatro meses dando vueltas sin diagnóstico, cinco especialistas opinando del caso.

Seis días sin ir al trabajo. Me dijo el Señor que ya no vuelva, que tuvo que llamar a otra, que no puede estar con la casa hecha un desastre.

–El control remoto está roto, no se apaga –avisa la enfermera–. Si quiere, se lo desenchufo, al tele.

“Debe ser cordobesa, que le dice así”, pienso.

–No, está bien, déjelo así, encendido nomás –le digo. Es la única manera que tengo de diferenciar una hora de otra, de sentir que avanza el tiempo.

Dicen que siete vidas tienen los gatos, ocho rosarios rezo cada noche para que vos, por lo menos, tengas esta. Nueve intentos para ponerte el suero, sos flaquita, tus venas ya parecen de papel.

 

En la tele, un pastor vende arena de Israel que cura a los enfermos y hace caminar a los paralíticos.

 

Diez veces aumentó la comida este año, y mi sueldo, ninguna. Once estaciones en tren, para que puedan verte un ratito los abuelos.

-Ojalá que no nos agarren las fiestas acá, y podamos brindar ya juntos todos en casa, cuando den las doce,, dijo el papi apenas entró al cuarto.

 

En la tele, en una novela mexicana, la hija de la mucama se salva casándose con el niño rico, hijo de la patrona.

 

Trece años recién cumplidos, tanta expectativa con la secundaria. Catorce semanas sin clases, por una escuela que explotó en pedazos y se llevó, por los aires, dos vidas. Todavía no lo podemos creer. La perturbadora noción de que somos un hilo que en cualquier momento se puede cortar.

 

En la tele, un cocinero cocina en la playa y una modelo le sirve vino en la boca.

 

Quince años cumplió la prima. Por suerte postergó la fiesta para más adelante. Dieciséis días sin llover. Al parecer hace un calor espantoso afuera. Acá estamos como adentro de un paréntesis, por eso prefiero la tele día y noche a la nada misma. O sea, a todas las horas iguales.

 

En la tele venden una faja mágica que achica las caderas y la panza.

 

Diecisiete años tenía la primera vez que probé el amor además de con la boca, dieciocho recién cumplidos cuando te parí, un diecinueve de enero. “Que ya no estemos acá para tu cumpleaños, por favor, Dios te pido”, pienso.

 

En la tele una vedette se agarra de los pelos con una panelista.

 

Veinte horas sin dormir seguido, el agujero del hambre me despierta, pero ya me da vergüenza pedirle de nuevo a la enfermera. Ando con sueños raros. Dormito unos minutos y ya sueño. Me acuerdo que soñé que juntábamos latas para cambiarlas por útiles y, cuando nos entregaban la bolsa, adentro había conejos. Se me escapaban por todo el patio, yo me desesperaba, entonces de pronto estaba en una iglesia abandonada. En el centro de la iglesia había una fuente que tenía sangre en vez de agua, yo levantaba la vista y el sagrado corazón me miraba y lloraba. Entonces me pasaba un conejo por la espalda, como un escalofrío. Lo perseguía y saltaba, saltaba hasta que se quedaba dormido debajo de un sauce. Y las ramas del sauce me acariciaban, con el viento. Y yo pensaba que quizá los sauces nunca estuvieron llorando, sino que nos estaban abrazando.

 

En la tele un señor explica que la luna está en Escorpio, por eso la gente anda irritada y con insomnio.

 

Veintiún siglos y la humanidad sin poder amarse como hermanos, como nos pidieron. Veintidós le jugó papi a la quiniela, porque el de la camilla de al lado habla cosas raras, que nos hacen reír. “No es él el que habla, es la morfina”, explicó la enfermera. Veintitrés mil pesos me había pasado el plomero de presupuesto para hacer de nuevo todos los desagotes. Así que veinticuatro gotas de lavandina por cada diez litros por las dudas, y lavando los platos en un balde para que no rebalse la cámara séptica y se me inunde toda la cocina. ¿Habrá sido todo culpa del agua, que estaba mala?

 

En la tele muestran los inundados de Corrientes y un hombre que se hizo un bote con la puerta de su casa.

 

Veinticuatro horas para la operación, veinticinco flores diferentes le llevé a la virgencita de Itatí. Le hice juntar a la mami, que no vaya a faltar las fucsias de la santa rita. Esas sí o sí, por más que te pinchen las espinas. Ya le pedí a ella, que es la patrona de los imposibles. Que así como te da, te quita, pero que a mí no me preocupa, porque a esta altura ya no me pueden quitar nada, porque nada tengo. Veintisiete días lleva “el loco” de al lado acá internado, y todavía no lo visitaron, nos contó la enfermera. Veintiocho lunares en tu piel, miro tu pelo de arena, tus ojos de almendra. Veo las nubes negras cargadas por la ventana, pero, antes, se larga el chaparrón en mi alma. Siento las lágrimas que caen por mis mejillas, pienso qué tonta fui, tantas veces pude sonreír estando juntas. Sin embargo, siempre preocupada, siempre mi cuerpo en un lugar y mi cabeza en otro lado.

 

En la tele muestran cómo ahorrar comidas preparando ropa vieja con los restos.

 

Se apaga la luz del pasillo, me doy vuelta en la silla, cierro los ojos, veo un cielo lleno de lucecitas. Un viento me refresca la cara y me va meciendo de a poco. Siento que alguien me sopla y vuelo, como cenizas. De golpe me caigo, me despierto, no sé dónde estoy hasta que escucho tu respiración que se agita en la oscuridad. Salgo corriendo a buscar a la enfermera, me tropiezo con la cama de al lado, me golpeo el dedo chiquito, pego un alarido que despierta al loco y grita, grita desaforado. Siento tus pupilas asustadas, buscando respuesta en el vacío. “Ya está, mamita, ya viene, tranquila”, te digo al oído y, vaya a saber por qué, te canto “Osana en el cielo” hasta que llegan las enfermeras.

 

En la tele una señora explica que todo lo malo que nos pasa es porque lo elegimos, porque lo atraemos con pensamientos negativos. Que el que no es feliz, en realidad, es porque no quiere.